Fiebre en las gradas
23 de Julio, 2008 por Fernando Ianni
Nick Hornby nació en Inglaterra. Es escritor y periodista, pero lo que mejor lo define es su fanatismo enfermo por el Arsenal.
En su novela más conocida, High Fidelity, (sobre la que se hizo la genial película del mismo nombre) cuenta su vicio por la música pop y su historia de idas y vueltas con las mujeres, pero con “Fiebre en las gradas”, recientemente reeditada en el país, desnuda la pasión/obsesión que rige su vida: el fútbol.
Es un tema que siempre me interesó y del que no hay mucho para leer, más allá de las historias de Fontanarrosa y Soriano, aunque siempre condimentadas con el color de la ficción. El fútbol y las letras se llevaron desde siempre a las patadas. Por eso el libro de Hornby es una joyita. Su crónica tiene la fuerza de quien escribe con pasión, el humor del que sabe reírse de sí mismo, y se anima a teorizar sin creerse el gran intelectual ni caer en generalizaciones.
¿Qué cuestiones y porqué razones una persona que uno tiene por culta, centrada, racional, con sentido común, pierde todo ese anclaje para romperse la garganta insultando al central de su equipo (incluso frente a la TV), al árbitro de turno o para gritar un gol? ¿Porqué con tantas preocupaciones diarias nos pone nerviosos una final, nos hace llorar una derrota y nos arruina semanas enteras de vida un descenso?
Hornby intenta explicarlo y explicarse, por momentos desarrolla tésis muy interesantes, en un relato formado por anécdotas de alto valor atropológico. Me reí en voz alta y tuve la gran sorpresa (¿será acaso parte de la magia del fútbol?) de reconocer que sus ritos, cábalas y locuras personalísimas son las mismas que las mías y las tuyas.
¿Quién, que no sea hincha de verdad, podría entender la inevitabilidad del amor por los colores?
“Para casi todos nosotros, el modo en que juegue nuestro equipo es algo que carece de relevancia. Muy pocos hemos elegido realmente a nuestros clubes. Se nos han presentado sobre la marcha y eso es todo”.
¿Cómo termina siendo entendible el cambio de filiación política, la ruptura de un matrimonio y hasta una infidelidad, mientras que en el fútbol nos parece imposible? ¿Qué hincha se iría a ver otro partido luego de la derrota propia para festejar una victoria ajena?
“La lealtad en términos futbolísticos, no es objeto de una elección moral, tal como pudiera serlo la valentía o la amabilidad, sino que es más bien como una verruga o una joroba, es decir, algo con lo que uno ha de convivir sin remedio”.
Su historia (de 1968 a 1992) es la historia del Arsenal, que bien podría ser la historia de cientos de equipos e hinchas de todo el mundo, incluso de la Argentina.

Desde acá, es fascinante descubrir que las mismas situaciones se repiten en dos países con notables diferencias culturales y a miles de kilómetros de distancia: La humillación que nos deparaba de chicos los lunes, después de perder feo un clásico; el estado natural y constante de desilusión de los hinchas (”los festejos son pocos, son mayoría las derrotas”); la incomprensión de madres, novias y amigas porque posponemos todas las obligaciones sociales por un partido…
El estado de histeria que provocan las transmisiones de radio, las protestas en el hall del club cuando se repiten las derrotas, la irrupción de la TV para quedarse con todo el negocio, la lenta expulsión a las clases bajas de los estadios. En un tono mas grave, la erupción de la violencia alrededor de la cultura del fútbol con el surgimiento de los hooligans. El desastre de Heysel y Hillsborough, que terminaría en la administración Tatcher imponiendo butacas en todas las tribunas (un cuestión que ahora mismo se discute en el país).
Una mirada a la vida de un tipo que recuerda momentos significativos de su vida porque ocurrieron entre tal y cual partido. Un enfermo capaz de no ayudar a su novia cuando se desmaya en plena popular. Un hincha como cualquier otro.


