Que la historia lo juzgue
Martes, 29 de Julio de 2008Siempre me pareció de muy mal gusto comparar a Messi con Maradona. En primer lugar, porque considero que es una falta de respeto para alguien que supo defender la camiseta de la Selección y del buen fútbol como nadie lo hizo jamás. Y en segundo lugar, porque considero que al jovencito del Barcelona, que acredita más contratos publicitarios firmados que partidos jugados con la celeste y blanca, le queda demasiado grande la comparación.
Hay más diferencias que similitudes entre Messi y Maradona. Como bien dijo Diego, a Lionel le falta carácter. Le dieron la 10 del Barcelona, pero no fue capaz de plantarse y decir: “Señores, yo me voy a los Juegos Olímpicos, les guste o no les guste”. Maradona, en cambio, ni siquiera discutía. Armaba el bolso y se tomaba el avión. Donde jugara la selección, ahí estaba él, con los cortos puestos. No importaba si había partido de la Uefa, de la Champions, o de lo que sea.
En el ‘86, Maradona se bancó patadas de coreanos, italianos, búlgaros, uruguayos, ingleses, belgas, alemanes, y fuimos campeones del mundo. En el ‘90, jugó todo el mundial en una pierna, y llegamos a la final. Diego se infiltaba el tobillo antes de los partidos y en el entretiempo. Se acostaba en la camilla, mordía un toallón para aguantarse el dolor, y salía a la cancha a poner el pecho. Se bancó que lo silbe un estadio repleto de italianos del norte, lloró mientras la cámara lo enfocaba y el mundo entero lo veía por TV, le negó el saludo a Havelange y se enfrentó al poder, sabiendo muy bien que eso le iba a costar muy caro.
Messi, en cambio, en el único partido importante con la selección que le tocó jugar (la final contra Brasil en la Copa América de Venezuela 2007), ni apareció…
Messi tiene un don especial para jugar al fútbol. Tiene el talento motriz para hacerlo de un modo espectacular, pero no tiene ni el cerebro, ni el corazón de Maradona. Parece tener la cabeza en la cuenta bancaria y el corazón en el bolsillo.
Suena terrible decirlo así, pero tal vez esa diferencia de carácter, de tempramento, de garra, de actitud, se deba a la realidad socio-económica que le tocó vivir a cada uno en sus primeros 15 años de vida. Maradona nació y creció en el gueto. Messi, a los 13 años, ya estaba viviendo en Europa.
Maradona es pueblo. Messi es marketing.
Si Messi no quiere ir a los Juegos Olímpicos, que no vaya. Si no está dispuesto a rebelarse frente a la voluntad del Barcelona, que no lo haga. Hay muchos más jugadores dispuestos a romperse el alma por la medalla dorada. Y será la historia la que se encargue de juzgar a cada uno.
Lo más lamentable de todo es el comportamiento de algunos aficionados. El domingo último ocurrió algo insólito. Un grupo de personas con demasiado tiempo libre y poca vida propia organizó un piquete/escrache frente a la Embajada de España, en el barrio de Palermo, para reclamar que liberen a… ¡Messi!
Sí. No pedían por la libertad de Ingrid Betancourt, o por los presos de Guantánamo, o por la violación de los Derechos Humanos en China y el Tibet. No protestaban contra las retenciones móviles, no pedían mayor seguridad, ni educación, ni comida, ni trabajo. Pedían por Messi. Un simple jugador de fútbol. Cric… cric…
Pero esto no debería extrañarnos tanto. En una sociedad tan polarizada e incoherente, es lógico que sucedan estas cosas. Nos horrorizamos con la violación a los Derechos Humanos en la última dictadura militar, pero 30 años después somos capaces de seguir pidiendo mano dura contra el delito. Pedimos que se vayan todos, pero votamos a los mismos de siempre. Nos quejamos de que haya corrupción, pero nos colgamos del videocable, o coimeamos al cana en la esquina. Condenamos la violencia en el fútbol, pero cantamos “bostero vigilante… te vamos a matar!”. Y así podría seguir hasta Londres 2012.
Nick Hornby nació en Inglaterra. Es escritor y periodista, pero lo que mejor lo define es su fanatismo enfermo por el Arsenal.
